ABREGOISDEAD

CONVERSACIONES CON GENTE SOLA


A los diecinueve años dejé México para, según yo, seguir un sueño en Toronto. Ahorrar para estudiar cine o  filmar una película. Sin embargo también estaba escapando de todo incluso de mí mismo. Cuando me di cuenta ya tenía responsabilidades de adulto de la cual la más importante fue sobrevivir.Todo esto trajo otras cosas: un vacío acompañado de tristeza, la ansiedad de una forma que no había visto y una soledad latente.

La primera vez que llamé a México fue para felicitar a mi abuelo por su cumpleaños y esto ocurrió una semana después de mi llegada a Canadá. Al colgar sentí un nudo en la garganta y no pude evitar llorar. Fue el primer golpe de realidad que me llegó. Mientras caminaba con los ojos llorosos una mujer de quizá unos cuarenta años que iba frente a mí me vio y me sonrió. Nunca pensé que un acto tan sencillo me afectara tanto de manera positiva.



Toronto, como ciudad de primer mundo, cuenta con muchas personas sin hogar. Víctimas de malas decisiones o de un gobierno con oportunidades limitadas. He tenido distintas experiencias con homeless, desde ofertas de crack y sexo oral hasta dos anécdotas que valen la pena destacar. La primera es con Dave, un sujeto que conocí en el bus y me llamó la atención pues viajaba con una perra, un estuche de guitarra y una bolsa enorme. Advirtió a los pasajeros que no se preocuparan, que la perra era inofensiva. Nadie dijo nada. Coincidimos en la misma parada y me ofreció una cerveza. Me contó que toca en en el subway para poder pagar la comida y el tratamiento de su perrita. El veterinario le dijo que lo mejor era sacrificarla pero el vínculo era muy fuerte. Es como mi hija, me dijo, hasta hoy sigue conmigo y me quiere y yo la quiero.



Casi siempre tomo el camino más largo para ir a casa por si encuentro una foto o simplemente para distraerme. Así, en camino al metro conocí a Kate. Me sonrió mientras pasaba. ¿Cómo estás?,  me preguntó. Bien, creo. ¿Qué hay de ti?, respondí. Pues respiro, contestó con una sonrisa. Hablamos de las diferentes maneras de pronunciar el nombre de un local de comida vegana, de su situación en la calle, de la epidemia y cuando le dije que tomaba fotos me sugirió venderlas en internet, pues ella había estado en un proyecto de pintura y llegó a vender una obra. El mundo para los artistas ahora es difícil, me dijo. Le pedí una foto y luego nos despedimos. Me sonrió con tristeza y entendí que simplemente quería platicar. La gente que pasaba en la misma banqueta nos evitaba y algunos miraban con extrañeza. Si te veo de nuevo te voy a regalar la foto, le dije antes de irme. Casi a diario paso por el mismo lugar pero ya no la he vuelto a ver.


Sigo siendo partícipe de viajes largos a casa, de conversaciones con personas peculiares y sobre todo he aprendido a lidiar con esa tristeza intermitente. Ahora creo en las pequeñas cosas y que conversar alivia. De vez en cuando, cuando veo caras bajoneadas en el transporte público les sonrío. Tratando de devolver un favor.

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